Artículo de Opinión
Salud mental de los docentes de educación básica desde una perspectiva de salud pública
Mental health of basic education teachers from a public health perspective
Edwin Gustavo Estrada-Araoz1* https://orcid.org/0000-0003-4159-934X
1Universidad Nacional Amazónica de Madre de Dios. Puerto Maldonado, Perú.
* Autor para correspondencia. Correo electrónico: gestrada@unamad.edu.pe
RESUMEN
Introducción: La salud mental del magisterio se ha visto cada vez más comprometida por el desgaste psicológico asociado a las condiciones en las que se desarrolla la docencia en educación básica.
Objetivo: Analizar la salud mental de los docentes de educación básica como un problema de salud pública.
Opinión: El desgaste psicológico del magisterio no responde únicamente a características personales, sino a la acumulación sostenida de demandas laborales, emocionales y administrativas que suelen naturalizarse como parte del ejercicio profesional. La carga emocional asociada al vínculo cotidiano con los estudiantes, la extensión del trabajo más allá de la jornada formal y la escasa disponibilidad de apoyos institucionales contribuyen a un desgaste progresivo que rara vez es atendido de manera oportuna. Esta situación se intensifica en contextos rurales.
Conclusiones: Comprender la salud mental docente como un problema de salud pública permite visibilizar su impacto, más allá del ámbito individual y educativo. El desgaste psicológico del magisterio afecta el bienestar colectivo, el clima escolar y la capacidad de la escuela para cumplir un rol protector. Reconocer esta dimensión implica asumir que el cuidado de la salud mental docente constituye una responsabilidad compartida y un desafío central para las políticas públicas contemporáneas.
Palabras clave: agotamiento profesional; docentes; estrés laboral; salud mental; salud pública.
ABSTRACT
Introduction: Teachers’ mental health has been increasingly affected by the psychological strain associated with the conditions under which teaching in basic education is carried out.
Objective: To analyze the mental health of basic education teachers as a public health issue.
Opinion: Teachers’ psychological strain does not stem solely from personal characteristics, but from the sustained accumulation of work-related, emotional, and administrative demands that are often normalized as part of professional practice. The emotional load associated with daily interactions with students, the extension of work beyond formal working hours, and the limited availability of institutional support contribute to a progressive form of strain that is rarely addressed in a timely manner. This situation is further intensified in rural contexts.
Conclusions: Understanding teachers’ mental health as a public health issue makes it possible to recognize its impact beyond the individual and educational spheres. Psychological strain among teachers affects collective well-being, the school climate, and the capacity of schools to fulfill a protective role. Acknowledging this dimension entails recognizing the care of teachers’ mental health as a shared responsibility and a central challenge for contemporary public policies.
Keywords: burnout, psychological; mental health; occupational stress; public health; teachers.
Recibido: 13/01/2026
Aprobado: 19/05/2026
INTRODUCCIÓN
En el ámbito de la educación básica, la salud mental del magisterio se ve constantemente afectada por demandas laborales, emocionales y organizacionales que forman parte del trabajo cotidiano. Este desgaste psicológico se instala de manera progresiva, en contextos de alta exigencia y con un apoyo institucional limitado, y termina generando efectos que van más allá del espacio escolar. Por ello, este fenómeno requiere ser analizado como un problema de salud pública.
En los últimos años, la salud mental ha dejado de ocupar un lugar secundario, para convertirse en una preocupación sanitaria de primer orden. El incremento sostenido de los trastornos depresivos y de ansiedad, hoy entre las principales causas de discapacidad a nivel mundial, ha puesto en evidencia las limitaciones de los sistemas de salud para responder de manera oportuna y sostenida a esta demanda creciente.(1) Más allá de las cifras epidemiológicas, este escenario revela un problema de fondo: Amplios sectores de la población enfrentan condiciones de vida y de trabajo que deterioran su bienestar psicológico, sin que existan mecanismos efectivos de prevención, detección temprana y acompañamiento.
Mirar la salud mental desde el trabajo permite entender por qué ciertos grupos presentan mayor desgaste psicológico que otros. En distintos ámbitos laborales, las exigencias diarias se van acumulando y terminan afectando el descanso, el estado de ánimo y el equilibrio emocional de quienes trabajan en ellos. La docencia en educación básica se inscribe claramente en este grupo. No se reduce a la enseñanza de contenidos, sino que exige una implicación emocional constante y la gestión simultánea de múltiples demandas.(2) Estas condiciones, cuando se sostienen en el tiempo y carecen de respaldo institucional, terminan por desgastar la salud mental del docente, tal como han documentado investigaciones que asocian la presión laboral continua con agotamiento emocional y deterioro del bienestar psicológico.(3)
Los docentes cumplen, además, una función estratégica desde la perspectiva de la salud pública. Su labor cotidiana los sitúa como referentes emocionales para niños y adolescentes y, en muchos casos, como primeros observadores de cambios conductuales, dificultades de aprendizaje o señales tempranas de malestar psicológico en sus estudiantes.(4) Cuando el propio docente presenta síntomas de depresión, ansiedad o estrés, su capacidad para brindar apoyo emocional y reconocer de manera temprana señales de malestar psicológico puede verse limitada, con consecuencias que trascienden el plano personal.(5) En este sentido, la salud mental del magisterio no puede entenderse solo como un problema del sector educativo, sino como un componente relevante del bienestar colectivo.
La evidencia empírica disponible en América Latina confirma la magnitud del problema. Estudios recientes han mostrado una alta prevalencia de agotamiento emocional, despersonalización y malestar psicológico en docentes de educación básica, especialmente tras el retorno a la presencialidad luego de la pandemia.(6,7) Este contexto no solo intensificó las demandas laborales, sino que también expuso la fragilidad de los sistemas de apoyo psicológico para el magisterio.(8) La situación resulta aún más compleja en zonas rurales, donde las condiciones de trabajo, el aislamiento geográfico y la limitada disponibilidad de servicios de salud mental incrementan la vulnerabilidad.(9)
Ante este escenario, resulta necesario mirar la salud mental de los docentes más allá del plano personal. El malestar psicológico que hoy se observa en el magisterio no aparece de manera aislada ni responde únicamente a características personales, sino que se vincula con las condiciones en las que se ejerce la docencia y con las demandas que se han ido acumulando en el tiempo. Tratar este problema solo desde el ámbito educativo limita su comprensión y reduce las posibilidades de respuesta. Desde esta perspectiva, el presente artículo de opinión tuvo como propósito analizar la salud mental de los docentes de educación básica como un problema de salud pública.
DESARROLLO
En el ejercicio cotidiano de la docencia, el desgaste psicológico se expresa a través de la acumulación progresiva de exigencias laborales y emocionales, más que mediante episodios puntuales o claramente delimitados. La sobrecarga de tareas, la presión por cumplir objetivos pedagógicos en contextos adversos y las demandas emocionales sostenidas se asocian con estados de tensión que tienden a prolongarse en el tiempo.(10) En este proceso, el desgaste psicológico suele naturalizarse como parte del trabajo docente, lo que contribuye a que no sea reconocido oportunamente como un problema de salud y a que se posterguen posibles acciones de apoyo o cuidado.
Uno de los aspectos más exigentes del trabajo docente es la carga emocional asociada a la relación cotidiana con los estudiantes.(11) La exposición continua al malestar ajeno, a situaciones de tensión y a demandas afectivas sostenidas exige un esfuerzo emocional constante, para el cual pocas veces existen espacios formales de contención. Cuando este esfuerzo se prolonga en el tiempo, el desgaste suele expresarse en alteraciones del sueño, irritabilidad, síntomas de ansiedad y una sensación persistente de cansancio emocional.(12)
En la educación básica, el trabajo docente no se limita a la enseñanza en el aula. Incluye la planificación curricular, la elaboración de documentos de gestión, la evaluación permanente de los aprendizajes y el cumplimiento de diversas tareas administrativas. A ello se suman actividades de coordinación institucional, atención a las familias y participación en procesos formativos impulsados por el sistema educativo.(13) Esta combinación de responsabilidades, que con frecuencia se desarrolla más allá de la jornada formal, configura una carga laboral sostenida que reduce los tiempos de descanso y favorece la acumulación progresiva de desgaste psicológico.
En el campo del bienestar docente existen diversas aproximaciones para explicar el malestar psicológico. Parte de la literatura se centra en las características personales de los docentes, como el afrontamiento, la resiliencia y la autorregulación emocional,(14,15) mientras que otras perspectivas enfatizan el clima escolar, el liderazgo y la cultura organizacional.(16,17) Estas líneas de investigación sostienen que tanto la capacidad de adaptación personal como la calidad del ambiente laboral influyen en la forma en que los docentes enfrentan las exigencias cotidianas. Estos planteamientos han aportado evidencia importante para comprender los procesos de adaptación psicológica y el papel del contexto inmediato de trabajo en el bienestar docente.
Desde la interpretación que se propone, las aproximaciones centradas en el afrontamiento individual y en los factores institucionales son necesarias, pero insuficientes para comprender la magnitud del problema. El desgaste psicológico del magisterio se construye en el tiempo y está estrechamente ligado a condiciones laborales, organizacionales y sociales que exceden a la escuela como institución. Por ello, situar la salud mental docente dentro de un marco de salud pública permite abordarla en su dimensión colectiva, ocupacional y preventiva, desplazando el foco desde la responsabilidad individual hacia la protección de un grupo laboral esencial para la sociedad.
A diferencia de los enfoques centrados en las características personales del docente o en factores propios de las instituciones educativas, la salud pública dirige la atención hacia los efectos que este problema puede generar en un grupo ocupacional amplio y en los sistemas de los que depende el bienestar colectivo. Esta perspectiva permite reconocer patrones de riesgo compartidos, identificar desigualdades en el acceso a apoyo psicológico y comprender cómo el deterioro de la salud mental del magisterio repercute en la continuidad educativa, el clima escolar y la formación de niños y adolescentes. También orienta la formulación de acciones preventivas y de políticas coordinadas entre los sectores de salud, educación y trabajo, con el propósito de proteger a una población laboral cuyo bienestar tiene consecuencias directas para la sociedad en su conjunto.
Desde el ámbito sanitario, el desgaste psicológico del magisterio continúa recibiendo una atención limitada, al constituir un problema aún poco visibilizado en la investigación y en las políticas de salud mental.(18) Aunque el interés por el bienestar docente ha aumentado, buena parte de la investigación sigue enfocándose en variables personales, con un desarrollo todavía limitado de enfoques que integren de manera explícita las condiciones laborales y organizacionales que configuran el malestar psicológico en la docencia.(19) Esta forma de abordaje refuerza la idea de que el agotamiento depende únicamente de la persona, y no de un entorno laboral exigente. Como resultado, se dejan de lado intervenciones tempranas y se pierde la posibilidad de situar la salud mental docente dentro del campo de la salud pública, donde el cuidado del trabajador forma parte de la protección del bienestar colectivo.
El ejercicio docente en contextos rurales presenta condiciones que intensifican el desgaste psicológico. Los largos desplazamientos, las limitaciones de infraestructura y la atención de aulas multigrado forman parte de la rutina cotidiana. En muchas instituciones unidocentes o multigrado, además, el docente asume funciones directivas, lo que incrementa de manera significativa la carga de trabajo.(20) A ello se suma el aislamiento geográfico, que restringe las redes de apoyo y dificulta el acceso a servicios de salud mental. Para muchos docentes, recibir atención psicológica implica recorrer grandes distancias o asumir costos difíciles de sostener en el tiempo, lo que contribuye a que el malestar se mantenga sin atención.(9)
Además, muchos docentes rurales permanecen alejados de sus hogares durante largos periodos del año, una situación que suele pasar inadvertida en el análisis del ejercicio docente.(21) Esta distancia respecto de su entorno cercano limita las redes de apoyo emocional y favorece sentimientos de soledad.(22) Sumada a la sobrecarga laboral y a la precariedad de las condiciones de trabajo, esta experiencia contribuye a que el desgaste psicológico se instale de manera persistente en su vida cotidiana.(23) Sin embargo, este tipo de malestar suele quedar fuera de las políticas públicas orientadas a contextos rurales, donde la atención en salud mental continúa siendo limitada y de implementación desigual, especialmente en regiones aisladas del país.(24)
El impacto de la salud mental docente no se limita al plano personal. Cuando el malestar se prolonga en el tiempo, termina afectando la manera en que el docente se vincula con su trabajo y con el aula. Aparecen dificultades para sostener el trato cotidiano, menor tolerancia a la presión y un cansancio emocional que atraviesa la práctica pedagógica.(25) En la educación básica, el vínculo diario con los estudiantes hace que el desgaste docente trascienda la experiencia personal y se proyecte en el clima educativo y en la dinámica general de la escuela.(26)
A nivel del sistema educativo, el desgaste psicológico del magisterio se traduce también en ausentismo, dificultades para acceder a licencias médicas y, en algunos casos, abandono de la profesión.(27,28) Estas situaciones afectan la continuidad pedagógica y generan una sobrecarga adicional para quienes permanecen en el sistema, alimentando un círculo difícil de romper. Desde el punto de vista sanitario, estos efectos implican una mayor necesidad de atención por problemas de salud mental y, a mediano plazo, un mayor riesgo de enfermedades crónicas asociadas al estrés sostenido.(29,30) Sin embargo, estas consecuencias suelen abordarse de manera fragmentada, sin una lectura integrada que permita comprender su origen y alcance.
Cuando la salud mental del docente se aborda solo desde el ámbito educativo, se reducen las posibilidades de respuesta, porque el malestar está estrechamente ligado a condiciones laborales y organizacionales que trascienden el espacio escolar.(31) El malestar psicológico asociado al trabajo no puede desligarse de las condiciones en las que este se realiza ni de los contextos sociales en los que se inserta. Reconocer al magisterio como un grupo laboral expuesto a riesgos psicosociales implica asumir que su cuidado no es una cuestión personal, sino una responsabilidad compartida entre los sectores de salud, educación y trabajo. Desde la salud pública, esta mirada permite desplazar el foco desde la atención tardía hacia la prevención y el acompañamiento temprano.
En este sentido, resulta necesario incorporar la salud mental docente dentro de las agendas de salud ocupacional, con estrategias que no se limiten a la atención de casos ya instalados. La identificación de señales tempranas de desgaste, la creación de espacios de apoyo accesibles y el reconocimiento del impacto del trabajo emocional en la docencia son pasos que pueden contribuir a reducir el deterioro progresivo del bienestar psicológico. Estas acciones, además de representar un beneficio para los docentes, tienen un efecto directo en la calidad de los entornos educativos y en la salud mental de las generaciones más jóvenes.
Reconocer este problema desde la salud pública también requiere que los sectores de salud, educación y trabajo actúen de manera coordinada. Para que esta responsabilidad compartida se traduzca en acciones concretas, es necesario que cada sector asuma funciones específicas. El sector Trabajo puede incorporar la evaluación de los riesgos psicosociales asociados a la docencia dentro de las políticas de salud ocupacional. El sector Salud puede ampliar el acceso a servicios de atención psicológica, especialmente en zonas rurales donde persisten importantes barreras de acceso. Por su parte, el sector educación puede revisar la organización de la jornada laboral y reducir aquellas cargas administrativas que limitan el descanso y la recuperación de los docentes. La articulación entre estos sectores permitiría avanzar desde respuestas tardías hacia estrategias orientadas a la prevención y al cuidado oportuno de la salud mental del magisterio.
En conclusión, analizar la salud mental de los docentes de educación básica como un problema de salud pública permite desplazar la mirada desde explicaciones centradas en la persona hacia una comprensión vinculada a las condiciones en las que se ejerce la docencia. El desgaste psicológico del magisterio no puede considerarse como un fenómeno aislado, sino como el resultado de exigencias laborales sostenidas y de un apoyo institucional insuficiente. Desde esta perspectiva, el desgaste docente trasciende el ámbito educativo y se expresa como un problema sanitario, por sus efectos en el bienestar colectivo y en la capacidad de la escuela para cumplir un rol protector. Situar la salud mental del magisterio en este nivel de análisis implica reconocer que su descuido no solo afecta a quienes enseñan, sino también a los sistemas educativos y de salud de los que depende el bienestar social.
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